Cuidados y género en Uruguay

Mientras que en un comienzo, los cuidados eran uno de los distintos tipos de trabajo que estaban incluidos en el trabajo no remunerado, en los últimos años, se comienza a concebir a los cuidados en su especificidad, a entenderlos a partir de su contribución al bienestar y como actividad que trasciende el ámbito no remunerado.

El protagonismo que comienza a adquirir los cuidados en la agenda de investigación fue producto de su estrecha vinculación con las desigualdades de género. Las características relacionales y afectivas de la tarea de cuidados están asociadas a la identidad femenina lo que posiciona a los cuidados como uno de los temas sustantivos directamente relacionados al real ejercicio de la ciudadanía social de las mujeres. Los cuidados se distinguieron de los otros tipos de trabajo no remunerado debido a su dimensión relacional y afectiva, a partir de la cual son culturalmente asignados a las mujeres como una responsabilidad naturalmente femenina.

Este equipo de investigación ha realizado esfuerzos por conceptualizar al cuidado, adoptando una de las múltiples definiciones que surgían de los debates académicos. Partiendo y reconociendo una noción amplia de cuidado se ha trabajado con aquella que ha resultado útil para la incidencia en las políticas públicas. De esta forma, se conceptualizó al cuidado como la acción de ayudar a un niño o a una persona dependiente en el desarrollo y el bienestar de su vida cotidiana. Engloba, por tanto, hacerse cargo de los cuidados materiales que implican un “trabajo”, de los cuidados económicos que implican un “costo económico”, y de los cuidados psicológicos que implican un “vínculo afectivo, emotivo, sentimental”. Puede ser realizado de manera honoraria o benéfica por parientes en el marco de la familia, o puede ser realizado de manera remunerada en el marco o no de la familia. La naturaleza de la actividad variará según se realice o no dentro de la familia y también de acuerdo a sí se trata o no de una tarea remunerada (Aguirre, 2003b, Batthyány, 2002). Los cuidados no son por definición en sí mismos de carácter remunerado o no remunerado sino como consecuencia de elecciones políticas, valoraciones culturales compartidas y sistemas de género.

La especificidad del trabajo de cuidado es la de estar basado en lo relacional, ya sea en el marco de la familia o por fuera de ella. En el marco de la familia, su carácter a la vez obligatorio y desinteresado le otorga una dimensión moral y emocional. No es solamente una obligación jurídica establecida por ley (obligación de prestar asistencia o ayuda) o una obligación económica, debido a que involucra también las emociones que se expresan en el seno familiar al mismo tiempo que contribuye a construirlas y mantenerlas. Fuera del marco familiar, el trabajo de cuidado está marcado por la relación de servicio y preocupación por los otros. El trabajo se realiza cara a cara entre dos personas y genera lazos de proximidad, en una situación de dependencia pues una es tributaria de la otra para su bienestar y mantenimiento.

Tal como muestran las numerosas evidencias empíricas, los cuidados son realizados históricamente por las mujeres, ya sea que se mantenga dentro de la familia o que se exteriorice por la forma de prestación de servicios personales. Esto tiene consecuencias de género relevantes para la condición de las mujeres en la sociedad, pues cuando las mujeres de las familias son las principales proveedoras del bienestar, éstas deben o bien excluirse del mercado laboral o bien enfrentar mayores dificultades que sus pares masculinos para conciliar trabajo productivo y reproductivo.

Dichas consecuencias fueron evidenciadas a lo largo de los años a través de varias investigaciones de este equipo de investigación, mostrando que las trabajadoras que son madres desarrollan complejas estrategias de cuidado familiar para incorporarse al mercado de trabajo debido a las dificultades de acceso al cuidado de carácter institucional o familiar (Batthyány, 2002, Aguirre, 2003a, Batthyány, 2004). Por un lado, se realizaron estudios que trataban de comprender las conductas discriminatorias a las que se enfrentaban las mujeres madres para el ejercicio de sus derechos en los ámbitos de trabajo y de entender los mecanismos por los cuales se establecía una distancia entre el reconocimiento formal de estos derechos y su ejercicio efectivo. Para ello se implementaron estudios de caso en el sector financiero. Por otro lado, se diagnosticó el acceso y la cobertura de los servicios de cuidado infantil (de 0 a 3 años) en Uruguay a través de la identificación de las respuestas públicas y privadas dirigidas a esta población (Batthyány, 2002). Al analizar la cobertura se concluía que no se concebían los cuidados infantiles para esas edades como un derecho de los padres y los niños y como una responsabilidad de parte del Estado. En los últimos años, el debate en torno al tema de los cuidados se complejizó y se desplazó de la esfera estrictamente privada de la familia para pasar a la esfera pública de los Estados de Bienestar. Interrogando sobre el rol de la colectividad y de los poderes públicos en el apoyo a las familias, se reformula la cuestión en términos del modo en que se comparte las responsabilidades de cuidado entre diversas instituciones: el Estado, la familia, el mercado, las organizaciones comunitarias. Parte importante del problema de brindar bienestar y protección social de calidad a los miembros de una sociedad radica, precisamente, en una adecuada distribución de esas responsabilidades entre sus diversos miembros.

Actualmente, el Estado se enfrenta al desafío de asumir un nuevo enfoque de las políticas sociales de nueva generación, consistente en reconocer al cuidado como derecho universal, de forma que, los tres pilares clásicos del bienestar vinculados a la salud, la educación y la seguridad social, están siendo complementados con el denominado “cuarto pilar”, que reconoce el derecho a recibir atención en situaciones de dependencia (Montaño, 2010), no ya de forma residual (como excepción cuando no hay familia que pueda asumirlo) sino como obligación del Estado. El diseño de un sistema de cuidados se inserta en el marco de un proceso más amplio de reformas sociales iniciado en el país en 2005, entre las que se destacan la reforma del sistema de salud y de la seguridad social y la reforma tributaria

La distribución entre Estado, familias, mercado y comunidad de los costos, roles y responsabilidades en la atención de las personas dependientes (niños/as, personas mayores, discapacitados) es lo que se pone en juego en la definición del cuidado como política pública. La intervención y articulación de esos diferentes actores impacta en la posición de las mujeres en las familias y en el mercado de trabajo, así como determina la efectiva capacidad de ejercer los derechos vinculados a su ciudadanía social.

Junto a estos cambios relativos a la incorporación del cuidado en la agenda pública, se procesan ciertas transformaciones de la familia que replantean la pregunta acerca de cuáles son las obligaciones familiares respecto del cuidado, cuál es la forma en que se comparten con otros agentes y plantean desafíos para los roles de género asociados a la división sexual del trabajo tradicional.

El aumento generalizado de la tasa de actividad femenina –que pasó del 40.4% en 1986 al 55.6% en 20133– y particularmente de la de las mujeres con hijos, la emergencia de los hogares monoparentales, la reducción de los hogares biparentales tradicionales (varón proveedor y mujer ama de casa a tiempo completo) produce nuevos modelos de convivencia que abren el camino para transformaciones en los roles de género. En este marco, aparecen los procesos de individuación y de autonomía de las mujeres como elementos centrales en la configuración del proceso de cambio. (Beck Gersheim, 2000).

 

 

2.1 Representaciones sociales del cuidado de personas mayores y niños/as por parte de la población Uruguaya

 

En los últimos años, este equipo de investigación ha comenzado a indagar en uno de los vacíos de conocimiento al respecto a los cuidados: las representaciones sociales de la población en relación al cuidado. Se puso en marcha el proyecto denominado “Hacia un sistema de cuidados: representaciones sociales de la población y propuestas para el cuidado de dependientes” de la convocatoria 2010 de proyectos de Alto Impacto social de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación. La importancia de este trabajo radica en que conocer las representaciones sociales permite orientar la formulación de políticas públicas de cuidados, en especial a través de identificar las demandas así como las barreras culturales para la aceptación de distintas intervenciones estatales.

Las representaciones sociales dan cuenta de un conocimiento práctico productor y constructor de una realidad social compartida por un colectivo. La importancia del estudio de las representaciones sociales de género radica en hacer visibles las creencias, los valores, los supuestos ideológicos que construyen, con base en las diferencias biológicas, las desigualdades sociales entre mujeres y varones. El conocimiento de estos elementos es clave para su transformación y su consideración en las políticas públicas que promueven la equidad de género.

Con este fin, se analizaron los mandatos de género presentes en las representaciones y las situaciones más deseables para el cuidado así como también se buscó la comprensión de los significados atribuidos al cuidado de calidad.

Se implementó en 2011 la Encuesta Nacional de Representaciones Sociales de los cuidados, cuyos resultados mostraron la fuerte presencia del “familismo”. (Batthyány, Genta, Perrotta, 2012a, 2012b, 2013b, 2013d, 2013e). Los datos mostraron que para la mayor parte de la población uruguaya la situación más deseable para los cuidados de niños/as y personas mayores era la que se brinda en el domicilio, y especialmente a través de los/as miembros de las familias. Se constató también una relación directa entre el “familismo” y el nivel socioeconómico ya que a menor nivel socioeconómico se observó mayor “familismo”.

Esta encuesta permitió dar cuenta de la fuerza del mandato de género respecto al rol cuidador en la identidad femenina, que trasciende las distintas posiciones sociales de las mujeres. Asimismo, se observó la persistencia de la división sexual del trabajo en relación al deber ser de los cuidados; los varones fueron percibidos como los responsables de garantizar los cuidados, así como de los cuidados indirectos, aludiendo a su rol de proveedores económicos. Las mujeres fueron asociadas al cuidado directo, lo cual implicaba un vínculo íntimo. También quedó en evidencia la tendencia de las mujeres a flexibilizar su situación en el mercado laboral en función de las necesidades de cuidado de las personas dependientes.

 

2.2) Representaciones del cuidado de personas mayores y niños desde el saber experto.

 

Junto con las representaciones sociales de la población, otra línea abordada en las investigaciones refirió al saber experto sobre los cuidados (Batthyány, Genta, Perrotta, 2013a, 2013c). Partiendo de la gran influencia que tiene este saber sobre las modalidades de los cuidados (quién, cómo y dónde debe ser realizado) en las representaciones y decisiones de los individuos, las familias, así como en las de las políticas públicas, se estudió el discurso experto en cuidado infantil y en personas mayores. La hipótesis central postulaba que el discurso experto no era neutro respecto a los roles asignados a varones y mujeres sino que por el contrario formaba parte de los mecanismos e instituciones que conformaban el sistema de género, sustento de la división sexual del trabajo.

El análisis de los discursos expertos en personas mayores y en niños, mostró la importancia otorgada a promover la responsabilidad social en la función de los cuidados. Particularmente el saber experto señaló que era imprescindible la presencia del Estado ejerciendo la función de los cuidados desde diversas modalidades y para todos los sectores sociales, así como la responsabilidad del Estado en el acompañamiento de las familias para que éstas puedan desempeñar esta función en mejores condiciones desde una visión universalista. Otro hallazgo de relevancia fue la identificación de enfoques diferenciados dentro del discurso experto, con diversas conceptualizaciones y niveles de profundización teórica sobre los cuidados, así como con diversos énfasis respecto a las claves de los cuidados de calidad, lo cual representa un importante desafío para la política a la hora de generar consensos y acordar políticas.

 

 

2.3 Cuidados no remunerados en salud

 

Dentro del ámbito de los cuidados, se identificó un tipo de cuidados que necesitaba ser abordado de manera específica, que es el cuidado provisto a las personas por motivos de enfermedad (dependencia aguda o crónica). Este tipo de cuidado se propina a las personas con dependencia por motivos de enfermedad, diferenciándose del cuidado cotidiano provisto tanto a los niños/as en su desarrollo como a las personas mayores.

Esta inquietud devino, en 2013, en la realización de la investigación  “Cuidados de salud no remunerados: el aporte de las familias y las mujeres al sistema sanitario uruguayo”.

A pesar de que las Encuestas de Uso del Tiempo han permitido conocer y analizar la distribución del trabajo no remunerado y el trabajo remunerado entre mujeres y varones, no se cuentan con mediciones del cuidado en salud realizado por las familias y su relación con el que proveen el Estado y el mercado.

Los antecedentes mencionados muestran la extensa generación de información original producida por primera vez en el país por este equipo de investigación, como es el caso de las Encuestas de Uso del Tiempo (2003) así como más recientemente la Encuesta de Representaciones Sociales del Cuidado (2011) y la Encuesta de Cuidado no remunerado en Salud (2013).

 

El análisis de la encuesta mostró que el perfil de los cuidadores en salud es diferente al de los cuidadores en general en cuanto a su edad (son mayoritariamente personas de entre 40 y 60 años), aunque la feminización de la población cuidadora es un fenómeno que se mantiene para todos los tipos de cuidados.

También permitió saber que el porcentaje de hogares que realiza cuidados no remunerados en salud es cercano al 18% de los hogares del país, y que las personas que brindan cuidados no remunerados en salud dedican una mayor cantidad de horas semanales promedio que quienes se dedican a tareas de cuidado en general, teniendo una exigencia en cuanto al trabajo mayor y màs duradera.

Cuidados y género en Uruguay

Mientras que en un comienzo, los cuidados eran uno de los distintos tipos de trabajo que estaban incluidos en el trabajo no remunerado, en los últimos años, se comienza a concebir a los cuidados en su especificidad, a entenderlos a partir de su contribución al bienestar y como actividad que trasciende el ámbito no remunerado.

El protagonismo que comienza a adquirir los cuidados en la agenda de investigación fue producto de su estrecha vinculación con las desigualdades de género. Las características relacionales y afectivas de la tarea de cuidados están asociadas a la identidad femenina lo que posiciona a los cuidados como uno de los temas sustantivos directamente relacionados al real ejercicio de la ciudadanía social de las mujeres. Los cuidados se distinguieron de los otros tipos de trabajo no remunerado debido a su dimensión relacional y afectiva, a partir de la cual son culturalmente asignados a las mujeres como una responsabilidad naturalmente femenina.

Este equipo de investigación ha realizado esfuerzos por conceptualizar al cuidado, adoptando una de las múltiples definiciones que surgían de los debates académicos. Partiendo y reconociendo una noción amplia de cuidado se ha trabajado con aquella que ha resultado útil para la incidencia en las políticas públicas. De esta forma, se conceptualizó al cuidado como la acción de ayudar a un niño o a una persona dependiente en el desarrollo y el bienestar de su vida cotidiana. Engloba, por tanto, hacerse cargo de los cuidados materiales que implican un “trabajo”, de los cuidados económicos que implican un “costo económico”, y de los cuidados psicológicos que implican un “vínculo afectivo, emotivo, sentimental”. Puede ser realizado de manera honoraria o benéfica por parientes en el marco de la familia, o puede ser realizado de manera remunerada en el marco o no de la familia. La naturaleza de la actividad variará según se realice o no dentro de la familia y también de acuerdo a sí se trata o no de una tarea remunerada (Aguirre, 2003b, Batthyány, 2002). Los cuidados no son por definición en sí mismos de carácter remunerado o no remunerado sino como consecuencia de elecciones políticas, valoraciones culturales compartidas y sistemas de género.

La especificidad del trabajo de cuidado es la de estar basado en lo relacional, ya sea en el marco de la familia o por fuera de ella. En el marco de la familia, su carácter a la vez obligatorio y desinteresado le otorga una dimensión moral y emocional. No es solamente una obligación jurídica establecida por ley (obligación de prestar asistencia o ayuda) o una obligación económica, debido a que involucra también las emociones que se expresan en el seno familiar al mismo tiempo que contribuye a construirlas y mantenerlas. Fuera del marco familiar, el trabajo de cuidado está marcado por la relación de servicio y preocupación por los otros. El trabajo se realiza cara a cara entre dos personas y genera lazos de proximidad, en una situación de dependencia pues una es tributaria de la otra para su bienestar y mantenimiento.

Tal como muestran las numerosas evidencias empíricas, los cuidados son realizados históricamente por las mujeres, ya sea que se mantenga dentro de la familia o que se exteriorice por la forma de prestación de servicios personales. Esto tiene consecuencias de género relevantes para la condición de las mujeres en la sociedad, pues cuando las mujeres de las familias son las principales proveedoras del bienestar, éstas deben o bien excluirse del mercado laboral o bien enfrentar mayores dificultades que sus pares masculinos para conciliar trabajo productivo y reproductivo.

Dichas consecuencias fueron evidenciadas a lo largo de los años a través de varias investigaciones de este equipo de investigación, mostrando que las trabajadoras que son madres desarrollan complejas estrategias de cuidado familiar para incorporarse al mercado de trabajo debido a las dificultades de acceso al cuidado de carácter institucional o familiar (Batthyány, 2002, Aguirre, 2003a, Batthyány, 2004). Por un lado, se realizaron estudios que trataban de comprender las conductas discriminatorias a las que se enfrentaban las mujeres madres para el ejercicio de sus derechos en los ámbitos de trabajo y de entender los mecanismos por los cuales se establecía una distancia entre el reconocimiento formal de estos derechos y su ejercicio efectivo. Para ello se implementaron estudios de caso en el sector financiero. Por otro lado, se diagnosticó el acceso y la cobertura de los servicios de cuidado infantil (de 0 a 3 años) en Uruguay a través de la identificación de las respuestas públicas y privadas dirigidas a esta población (Batthyány, 2002). Al analizar la cobertura se concluía que no se concebían los cuidados infantiles para esas edades como un derecho de los padres y los niños y como una responsabilidad de parte del Estado. En los últimos años, el debate en torno al tema de los cuidados se complejizó y se desplazó de la esfera estrictamente privada de la familia para pasar a la esfera pública de los Estados de Bienestar. Interrogando sobre el rol de la colectividad y de los poderes públicos en el apoyo a las familias, se reformula la cuestión en términos del modo en que se comparte las responsabilidades de cuidado entre diversas instituciones: el Estado, la familia, el mercado, las organizaciones comunitarias. Parte importante del problema de brindar bienestar y protección social de calidad a los miembros de una sociedad radica, precisamente, en una adecuada distribución de esas responsabilidades entre sus diversos miembros.

Actualmente, el Estado se enfrenta al desafío de asumir un nuevo enfoque de las políticas sociales de nueva generación, consistente en reconocer al cuidado como derecho universal, de forma que, los tres pilares clásicos del bienestar vinculados a la salud, la educación y la seguridad social, están siendo complementados con el denominado “cuarto pilar”, que reconoce el derecho a recibir atención en situaciones de dependencia (Montaño, 2010), no ya de forma residual (como excepción cuando no hay familia que pueda asumirlo) sino como obligación del Estado. El diseño de un sistema de cuidados se inserta en el marco de un proceso más amplio de reformas sociales iniciado en el país en 2005, entre las que se destacan la reforma del sistema de salud y de la seguridad social y la reforma tributaria

La distribución entre Estado, familias, mercado y comunidad de los costos, roles y responsabilidades en la atención de las personas dependientes (niños/as, personas mayores, discapacitados) es lo que se pone en juego en la definición del cuidado como política pública. La intervención y articulación de esos diferentes actores impacta en la posición de las mujeres en las familias y en el mercado de trabajo, así como determina la efectiva capacidad de ejercer los derechos vinculados a su ciudadanía social.

Junto a estos cambios relativos a la incorporación del cuidado en la agenda pública, se procesan ciertas transformaciones de la familia que replantean la pregunta acerca de cuáles son las obligaciones familiares respecto del cuidado, cuál es la forma en que se comparten con otros agentes y plantean desafíos para los roles de género asociados a la división sexual del trabajo tradicional.

El aumento generalizado de la tasa de actividad femenina –que pasó del 40.4% en 1986 al 55.6% en 20133– y particularmente de la de las mujeres con hijos, la emergencia de los hogares monoparentales, la reducción de los hogares biparentales tradicionales (varón proveedor y mujer ama de casa a tiempo completo) produce nuevos modelos de convivencia que abren el camino para transformaciones en los roles de género. En este marco, aparecen los procesos de individuación y de autonomía de las mujeres como elementos centrales en la configuración del proceso de cambio. (Beck Gersheim, 2000).

 

 

2.1 Representaciones sociales del cuidado de personas mayores y niños/as por parte de la población Uruguaya

 

En los últimos años, este equipo de investigación ha comenzado a indagar en uno de los vacíos de conocimiento al respecto a los cuidados: las representaciones sociales de la población en relación al cuidado. Se puso en marcha el proyecto denominado “Hacia un sistema de cuidados: representaciones sociales de la población y propuestas para el cuidado de dependientes” de la convocatoria 2010 de proyectos de Alto Impacto social de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación. La importancia de este trabajo radica en que conocer las representaciones sociales permite orientar la formulación de políticas públicas de cuidados, en especial a través de identificar las demandas así como las barreras culturales para la aceptación de distintas intervenciones estatales.

Las representaciones sociales dan cuenta de un conocimiento práctico productor y constructor de una realidad social compartida por un colectivo. La importancia del estudio de las representaciones sociales de género radica en hacer visibles las creencias, los valores, los supuestos ideológicos que construyen, con base en las diferencias biológicas, las desigualdades sociales entre mujeres y varones. El conocimiento de estos elementos es clave para su transformación y su consideración en las políticas públicas que promueven la equidad de género.

Con este fin, se analizaron los mandatos de género presentes en las representaciones y las situaciones más deseables para el cuidado así como también se buscó la comprensión de los significados atribuidos al cuidado de calidad.

Se implementó en 2011 la Encuesta Nacional de Representaciones Sociales de los cuidados, cuyos resultados mostraron la fuerte presencia del “familismo”. (Batthyány, Genta, Perrotta, 2012a, 2012b, 2013b, 2013d, 2013e). Los datos mostraron que para la mayor parte de la población uruguaya la situación más deseable para los cuidados de niños/as y personas mayores era la que se brinda en el domicilio, y especialmente a través de los/as miembros de las familias. Se constató también una relación directa entre el “familismo” y el nivel socioeconómico ya que a menor nivel socioeconómico se observó mayor “familismo”.

Esta encuesta permitió dar cuenta de la fuerza del mandato de género respecto al rol cuidador en la identidad femenina, que trasciende las distintas posiciones sociales de las mujeres. Asimismo, se observó la persistencia de la división sexual del trabajo en relación al deber ser de los cuidados; los varones fueron percibidos como los responsables de garantizar los cuidados, así como de los cuidados indirectos, aludiendo a su rol de proveedores económicos. Las mujeres fueron asociadas al cuidado directo, lo cual implicaba un vínculo íntimo. También quedó en evidencia la tendencia de las mujeres a flexibilizar su situación en el mercado laboral en función de las necesidades de cuidado de las personas dependientes.

 

2.2) Representaciones del cuidado de personas mayores y niños desde el saber experto.

 

Junto con las representaciones sociales de la población, otra línea abordada en las investigaciones refirió al saber experto sobre los cuidados (Batthyány, Genta, Perrotta, 2013a, 2013c). Partiendo de la gran influencia que tiene este saber sobre las modalidades de los cuidados (quién, cómo y dónde debe ser realizado) en las representaciones y decisiones de los individuos, las familias, así como en las de las políticas públicas, se estudió el discurso experto en cuidado infantil y en personas mayores. La hipótesis central postulaba que el discurso experto no era neutro respecto a los roles asignados a varones y mujeres sino que por el contrario formaba parte de los mecanismos e instituciones que conformaban el sistema de género, sustento de la división sexual del trabajo.

El análisis de los discursos expertos en personas mayores y en niños, mostró la importancia otorgada a promover la responsabilidad social en la función de los cuidados. Particularmente el saber experto señaló que era imprescindible la presencia del Estado ejerciendo la función de los cuidados desde diversas modalidades y para todos los sectores sociales, así como la responsabilidad del Estado en el acompañamiento de las familias para que éstas puedan desempeñar esta función en mejores condiciones desde una visión universalista. Otro hallazgo de relevancia fue la identificación de enfoques diferenciados dentro del discurso experto, con diversas conceptualizaciones y niveles de profundización teórica sobre los cuidados, así como con diversos énfasis respecto a las claves de los cuidados de calidad, lo cual representa un importante desafío para la política a la hora de generar consensos y acordar políticas.

 

 

2.3 Cuidados no remunerados en salud

 

Dentro del ámbito de los cuidados, se identificó un tipo de cuidados que necesitaba ser abordado de manera específica, que es el cuidado provisto a las personas por motivos de enfermedad (dependencia aguda o crónica). Este tipo de cuidado se propina a las personas con dependencia por motivos de enfermedad, diferenciándose del cuidado cotidiano provisto tanto a los niños/as en su desarrollo como a las personas mayores.

Esta inquietud devino, en 2013, en la realización de la investigación  “Cuidados de salud no remunerados: el aporte de las familias y las mujeres al sistema sanitario uruguayo”.

A pesar de que las Encuestas de Uso del Tiempo han permitido conocer y analizar la distribución del trabajo no remunerado y el trabajo remunerado entre mujeres y varones, no se cuentan con mediciones del cuidado en salud realizado por las familias y su relación con el que proveen el Estado y el mercado.

Los antecedentes mencionados muestran la extensa generación de información original producida por primera vez en el país por este equipo de investigación, como es el caso de las Encuestas de Uso del Tiempo (2003) así como más recientemente la Encuesta de Representaciones Sociales del Cuidado (2011) y la Encuesta de Cuidado no remunerado en Salud (2013).

 

El análisis de la encuesta mostró que el perfil de los cuidadores en salud es diferente al de los cuidadores en general en cuanto a su edad (son mayoritariamente personas de entre 40 y 60 años), aunque la feminización de la población cuidadora es un fenómeno que se mantiene para todos los tipos de cuidados.

También permitió saber que el porcentaje de hogares que realiza cuidados no remunerados en salud es cercano al 18% de los hogares del país, y que las personas que brindan cuidados no remunerados en salud dedican una mayor cantidad de horas semanales promedio que quienes se dedican a tareas de cuidado en general, teniendo una exigencia en cuanto al trabajo mayor y màs duradera.