En el marco de la campaña «Desafiemos las desigualdades», trabajadoras funcionarias TAS y docentes de la Universidad de la República, reflexionan sobre lógicas de desigualdad étnico-racial en los ámbitos universitarios.
Esta campaña es una iniciativa de la Mesa de Afrodescendencia y la Comisión Abierta de Equidad de Género, en el marco del Mes de la Afrodescendencia en Uruguay y en conmemoración del Día Internacional de las Mujeres Afrolatinas, Afrocaribeñas y de la Diáspora, el 25 de julio. La propuesta incluye entrevistas a cinco mujeres de la población afro: docente, estudiante, egresada y funcionarias Técnico Administrativo y de Servicios (TAS) de la Udelar.
Fabiana Miguez es funcionaria TAS en la Facultad de Artes de la Universidad de la República (Udelar). Ingresó en el año 2000 a la Udelar a un cargo de Servicios Generales en la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC). Luego de varios concursos de ascenso accedió a un cargo de Encargada de Servicio de Apoyo en la Facultad de Artes y en la actualidad es Intendenta suplente en la institución.
Sobrepasar el «Techo de cemento»
Miguez señaló que en la Udelar, la mayoría de las mujeres afro están en tareas subordinadas mayoritariamente de limpieza: «somos muy pocas las que llegamos a tareas de jefatura, mantenernos en esos espacios de decisión es superduro porque somos mujeres y mujeres afro». Entiende que para las mujeres afro «existe un techo de cemento, un término que aprendí de compañeras feministas afrobrasileñas que han trabajado mucho el tema». En su caso, no lo sintió tan directamente en el ámbito laboral «pero sí en la vivencia de haber sido madre soltera, de empezar a trabajar sirviendo café y en el escalafón más bajo, llegar a ser intendenta subrogante hoy en día ha sido realmente un gran desafío. Las mujeres afro para acceder a estos cargos siempre tenemos que ser las mejores», expresó.
En cuanto a experiencias personales vinculadas a discriminación racial al desempeñar sus tareas cotidianas, señaló situaciones puntuales, por ejemplo cuando daban por hecho que era la limpiadora, o cuando llega alguien de afuera de la Facultad que quiere consultar a la intendenta pero no se dirige a ella sino al compañero administrativo, «evidentemente esto demuestra una invisibilización total», apuntó.
Respecto a las estrategias colectivas o institucionales positivas para erradicar el racismo institucional, Miguez entiende que se debería incorporar a personas afro y en especial mujeres a los lugares de decisión, ya sea en comisiones, concursos, o capacitaciones. «Por ejemplo, la mayoría de los que están a la cabecera de las capacitaciones para un concurso en la actualidad, siempre son hombres y esto no puede ser», afirmó. Señaló que por eso es necesario desarrollar una iniciativa que garantice a las personas afro, poder acceder y estar presentes de forma equitativa en los puestos laborales universitarios, «porque las mujeres tenemos mucho que aportar a la Universidad».
Más allá de que la Udelar se declaró antirracista, un logro que resultó de una decisión política pero también de un trabajo de organizaciones y de grupos en pro de los derechos de las y los afrodescendientes dentro de la Udelar, considera que, «para las mujeres afro, se duplican las dificultades, por ser mujeres y por ser afro, porque la Universidad es reflejo de lo que es la sociedad, la cual sigue siendo discriminatoria».
Gilda Machado, por su parte, es funcionaria del escalafón C, grado 12, en la sede Rivera del Centro Universitario Regional Noreste. Trabajó como jefa en la Sección Secretaría y actualmente cumple tareas en la Biblioteca. Al valorar que las tareas de limpieza y servicios suelen estar feminizadas y con frecuencia asignadas a las mujeres afrodescendientes, sostuvo que esto se debe al nivel de instrucción, «la mayoría de las mujeres afro no tienen el ciclo básico terminado, entonces se presentan a los llamados de servicios generales». Para ellas, es más fácil superar el nivel de las preguntas en las pruebas de ingreso a este escalafón.
Asimismo, las mujeres sufren la sobrecarga de tareas a la que están sometidas por la responsabilidad de cuidados del hogar y de personas a cargo, que les asigna históricamente la sociedad, «el cuidado a veces te lleva más tiempo del que quieres o más energía de la que dispones y llegas al trabajo ya abrumada, cansada».
Una cuestión de privilegios
Ana Karina Moreira es psicóloga, docente de la Facultad de Psicología y también del Prorrectorado de Extensión y Programas Integrales. En su formación de posgrado se especializa en los efectos de la violencia y discriminación racial en la salud mental de la población afro. Es una de las coordinadoras del Servicio Especializado en Atención psicológica a personas víctimas de Discriminación Racial (SEADR), gestionado por su Facultad en convenio con el Municipio B.
Respecto a su experiencia para acceder y sostener su trayectoria como docente investigadora, sostuvo que, en primer lugar, los modelos identificatorios en la población afro no incluyen la posibilidad de verse como docentes. Luego del ingreso a esta carrera, su experiencia ha sido compleja, «no son caminos fáciles porque nosotras tenemos una especificidad que la Universidad no demanda, ya que se trata de una temática que no está dentro de los campos de estudio como tal, es muy reciente el tema afro dentro de la agenda universitaria. Obviamente que eso se debe a una estructura pensada desde la blanquitud y sostenida por el racismo, por el patriarcado y todo lo que ya sabemos». Agregó que las personas afro suelen especializarse en profundidad fuera de los ámbitos universitarios porque la institución no ofrece materiales con una perspectiva afrocentrada, «nosotros aportamos continuamente un punto de vista divergente al que propone la blanquitud en nuestras producciones académicas e investigaciones».
La escasa presencia de mujeres afro en los grados docentes más altos es un dato que se corresponde con esa realidad. Para Moreira, los obstáculos institucionales que causan esa brecha son varios, «uno de ellos es claramente el racismo epistémico, no es la misma escucha que se tiene en relación a un conocimiento que a otro. Se habla de “capital en créditos de credibilidad respecto al conocimiento”. Eso es un privilegio. Nuestra palabra va a estar en cuestionamiento a partir de lo que se ve. Se cuestiona ¿es ciencia o no es ciencia?». Explicó que las personas afro sienten «una necesidad permanente de estar validando, demostrando, fundamentando, que es otra de las estrategias que muchas veces adoptamos, sobreexigirnos en la preparación de nuestros trabajos, porque sabemos que vamos a estar siendo cuestionados».
Con frecuencia, los llamados docentes no se ajustan al perfil de las y los académicos afro y se condiciona en forma latente la carrera docente, se cuestiona «¿Quién puede enseñar? ¿Quién produce conocimiento? ¿Quién es portador de conocimiento válido, científico?», señaló.
Sobre su trabajo en el aula y en la Mesa Afro para incorporar la perspectiva antirracista en los contenidos académicos, explicó que «es un proceso lento. Con otras compañeras afro, siempre decimos que somos “un pasito en una larga lucha”, parte de un proceso. Esta es una tarea que me trasciende en el estar en los espacios y abrir caminos para que otros lleguen a ellos; una de las estrategias que he generado personalmente para habitarlos es que estoy en comunidad, no estoy sola. Porque la institucionalidad te hace y te quiere sola, porque de esa manera singulariza y personaliza el problema. Y el problema no es de uno, el problema lo tenemos todos, afro y no afro», afirmó.
Sostuvo que es posible encontrar muy buenas producciones académicas sobre el tema étrnico-racial pero que simplemente sean «una descripción de cosas que no tiene una postura ni un fin emancipatorio. Y esto es fundamental para nosotros, porque no se puede ser antirracista si no tenés un principio orientador que es la emancipación. Esto de generar una conciencia crítica del lugar que ocupamos en el mundo». Además, suele decirse que las personas afro están «sobreimplicadas» en sus producciones académicas, algo que no sucede con los autores blancos, simplemente porque la blanquitud no se nombra a sí misma, sino que se considera como sujeto universal en esta producción de conocimiento ciega a la raza cuando se trata de sí misma, señaló.
En cuanto al racismo institucional y a la percepción que de este tienen sus colegas y las estructuras de poder, Moreira indicó que es necesario generar libertad para hablar de racismo dentro de cualquier espacio «porque las personas y las instituciones no quieren ser nombradas como racistas». Enfrentar este tema genera «una herida narcisista» a la que la blanquitud resiste consciente o inconscientemente porque se pone en juego «una ilusión de igualdad que tenemos como país». Esto incluso se aprecia en personas con buenas intenciones que realmente quieren una democracia real, explicó, «creo que resisten porque resiste el grupo». Además, esa herida narcisista se hace visible en la disputa de poder, «sabemos que a nivel académico la generación de conocimiento es lo que más genera prestigio».
Moreira afirmó que «si una institución no considera la perspectiva étnico-racial en lo que hace, es una institución que ejerce racismo institucional. Pero cuando lo hablás, eso que es tan fundamental, se pone en cuestionamiento y se toma como una ofensa personal».
La docente destacó algunas acciones concretas e inmediatas que debería tomar la Udelar, en el ámbito docente, para cumplir activamente con su declaración de «Universidad Antirracista». «Creo que en primer lugar hay que hacer más explícito ese reconocimiento, hay que volver a pronunciarse en una cuestión de toda la Universidad, de todos los servicios y órdenes», sostuvo. También valoró como «urgente» que la Udelar cumpla con la Ley 19.122, «esto es fundamental porque nos permite introducir personas afro que tienen acumulados académicos respecto al tema. No estamos diciendo que solamente por ser afro una persona va a entrar a ocupar un cargo, si no está preparada. Lo que decimos es que hay que facilitar estos procesos».
Para Moreira, el ingreso de docentes afro debe ir acompañado de la existencia de los temas dentro de la academia, «que no se hable de nosotros sin nosotros. Las acciones afirmativas tienen que incluir las tres R: reconocimiento, reparación y redistribución, la Universidad tiene un montón para hacer en cualquiera de estas». Planteó que esto implica asignar recursos, ver el tema al momento de la elaboración del presupuesto y, si esto no sucede, redistribuir.
Por último, remarcó la importancia de visibilizar y comunicar el tema: «podemos fortalecer que se hable si nos encontramos con carteles que digan: “¿Sabés que la violencia racial se traduce en tales o cuales comentarios?» Muchas veces la violencia racial en Uruguay no es explícita, nadie te dice “vos, negro, no sos bien recibido”, no hay carteles así, pero a veces sería mejor que hubiera, porque uno sabe que eso está ahí. Uno tiene esa alerta, un sentido de distinguir al racista». Las personas afro no denuncian la discriminación, explicó, por tanto, que exista un reconocimiento explícito de la violencia racial puede contribuir a que lo hagan, a que piensen «no soy merecedor de esto; el problema está en otro lado».



Fuente: https://udelar.edu.uy/noticias/una-estructura-sostenida-por-el-racismo-y-el-patriarcado
